Lejos de llenar las expectativas ambientales y
sociales, abrió la puerta a la emisión de contaminantes peligrosos para
la salud y la calidad del aire.
El país entró en la era de la sustitución de una
parte de los combustibles fósiles tradicionales, como la gasolina,
mediante su mezcla con un biocombustible como el alcohol etílico o
etanol. Sin embargo, el balance de los beneficios y perjuicios que se
pueden derivar en toda la cadena productiva –desde los campos de
producción hasta su uso final, tanto para el ambiente como para la salud
pública–, es muy complejo de demostrar. En otras palabras, muchas veces
lo que se logra es cambiar unos contaminantes por otros de igual o mayor
toxicidad, pero a menos que sea total, la nueva situación no siempre es
tan conveniente.
Verdad sobre la biogasolina
La FAO define técnicamente los biocombustibles como
aquellos producidos en forma directa o indirecta a partir de la biomasa,
es decir de materia orgánica de origen vegetal o animal, incluyendo los
materiales procedentes de su transformación natural o artificial. En
este sentido, clasifica los biocombustibles en tres grupos: los que se
derivan de la madera (entre ellos el metanol), los que se obtienen en la
agroindustria (como el etanol de la caña de azúcar) y los productos de
la descomposición de las basuras (como el metano).
Ahora bien, si se utilizan en forma pura o mezclas
entre ellos, tales productos se reconocen como biocombustibles. Pero si
se toma, como en el caso que nos ocupa, un 10% de uno de ellos (etanol)
y se mezcla con el 90% de un derivado del petróleo (gasolina), es obvio
que ya no corresponde a un biocombustible.
¿Cuál podría ser el interés en desviar la
denominación correcta del producto? En Estados Unidos, cuando a
principios del siglo pasado se decidió agregar plomo (un veneno) a la
gasolina y no el etanol , engañaron a la gente al denominarla
“etil-gasolina”, aprovechando que el compuesto de plomo era el
tetra-etilo. Así nombrada, daba la impresión de que el aditivo era
etílico (alcohol) y reducía la sospecha sobre su impacto, pero no
disimuló las graves consecuencias: millones de personas en el mundo,
especialmente niños, afectados en su sistema renal, neurológico y
psicológico por exposición al plomo, además de millones de muertes
prematuras por esta causa.
En el mercado de los combustibles, la “biogasolina”
competirá con el biodiésel, que como se espera, será 100% obtenido de la
biomasa (la palma, por citar una fuente). Aparentemente los dos estarían
en igualdad de condiciones debido al uso de la partícula “bio” con el
que la gente puede relacionar una sustancia amigable, inofensiva o
benéfica, pero la verdad, no es esa.
Costos ambientales y en la
salud pública
Es cierto que al agregar alcohol a la gasolina se
mejora su octanaje y reducen las emisiones de monóxido de carbono (CO).
Sobre este beneficio no hay duda. Ahora, si tenemos en cuenta que el
país aporta el 0,4% de los gases de invernadero que se emiten en el
mundo y que de este porcentaje, el CO es menos del 10%, se puede
deducir que el impacto que tiene la reducción de esta cantidad de CO es
casi despreciable. Pero en aras de nuestra conciencia ambiental, digamos
que es un acto positivo.
En este punto es necesario insistir. Como seguramente
lo conoce la opinión pública, el problema crítico de la contaminación
del aire en Bogotá se debe, en primera instancia, a las partículas
(hollín) emitidas por buses y busetas a diésel; y en segundo lugar, a
otro contaminante, el ozono, que se forma por la reacciones entre los
hidrocarburos y los óxidos de nitrógeno, en presencia de la energía
solar.
Cualquier ciudadano común y corriente entenderá que
al agregarle alcohol a la gasolina no se soluciona el problema del
contaminante crítico en Bogotá, es decir, el hollín y, en cambio, puede
empeorar la situación porque favorece el incremento en la concentración
de otras sustancias peligrosas.
Alivio peor que la
enfermedad
Entonces, ¿en donde están los perjuicios por la
adición de alcohol a la gasolina?
Se refieren básicamente a dos aspectos, el primero,
es el que afecta la presión de vapor de la gasolina, es decir incrementa
el “escape” de una mayor cantidad de vapores (hidrocarburos) hacia la
atmósfera, tanto desde los tanques de almacenamiento, en las estaciones
de servicio, como desde los tanques de combustible de cerca del millón
de vehículos que circula en la ciudad. Para dar una idea de la magnitud
de lo que está pasando basta decir que la presión de vapor pasó de 8
unidades a 9,3, y para “legalizar” este desmejoramiento en la calidad
del combustible, los ministerios de Ambiente y de Minas y Energía, sin
el menor escrúpulo, modificaron la norma de calidad vigente (Res. 898 de
1995) en la que se establecía el límite de 8 unidades, ¡y la
incrementaron a 9,3!, sepultando el tema de la famosa gasolina “verde”
que tanto promocionó Ecopetrol.
Como consecuencia de esa mayor cantidad de vapores en
el aire, podemos esperar la formación de una cantidad adicional de
ozono, que es una sustancia altamente oxidante de las vías
respiratorias, debido a que el otro ingrediente (óxidos de nitrógeno)
también se produce en mayor cantidad cuando hay más oxígeno.
No menos importante es que el alcohol en la gasolina promueve una mayor
formación de compuestos oxigenados de alto riesgo como el acetaldehído,
reconocido como una sustancia con potencial de producir cáncer en
humanos . Un estudio reciente demostró que las emisiones de este
compuesto al quemar la gasolina con etanol se incrementa hasta en un
100% con mezclas que solo contenían el 3% de alcohol y el resto de
gasolina.
En conclusión, a pesar de que Amylkar Acosta –autor
y ponente de la Ley de la Biogasolina– afirma en su documento “La
biogasolina. ¡El poder de la naturaleza en su motor!”, divulgado a los
cuatro vientos, que: “No hay nada que temer, todo se ha previsto, por
ser un asunto tan delicado no se le ha dado pábulo a la improvisación o
a la imprevisión...”, lo argumentado aquí demuestra lo contrario. Queda
la sensación de que lo único que realmente no se descuidó fue garantizar
el montaje del negocio (la planta para producir y vender el alcohol) y
como siempre las “externalidades”, es decir, los costos sociales de la
decisión política, léase efectos en la salud, corren por cuenta del
pueblo. De otra manera no se entiende cómo se fabrica una Ley (693 de
2001) que en realidad no contribuye a solucionar “nuestros” problemas
ambientales y de salud pública, mientras seguimos consumiendo el diésel
más “sucio” de Latinoamérica, según la Directora del Dama (El Tiempo,
febrero 26, 2006) y para ese proyecto no se muestra la misma diligencia
de nuestros legisladores ni de la burocracia del sector.
Héctor García Lozada
Director del Grupo de Investigación en Contaminación Atmosférica,
Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de Colombia y
estudiante del doctorado en Salud Pública.